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Criar con respeto: De chantajes y besitos

Un día, en una cafetería, le dije a mi abuela que se levantara y le diera un beso a un señor que entraba por la puerta. Me lanzó su mirada más acusadora, puso su mano en la sien (al puro estilo: estás majareta) y muy seria me contestó: ¿Pero tu que estás diciendo? ¿Como le voy a dar yo un beso a un tipo que no conozco de nada? (Ella, que además, es muy recatada XD)

Claro, no pilló el sarcasmo en mi exigencia y casi se ofendió. En realidad, justo el hecho de que no lo entendiera a la primera y se lo tomara en serio, mostrando así su respuesta más natural y sincera, hizo que me sintiera aún más segura de lo que trataba de demostrarle.

Entonces se lo expliqué: ¿Y por qué le insistes tanto a la niña (que no tenía entonces ni 3 años) de que salude con un beso a alguien a quién ella ha dicho ya varias veces que no quiere?

Bueno, ella se defendió alegando que no era lo mismo, porque aquella persona era de la familia, sin profundizar ni entender que para la peque era, de todas formas, casi un desconocido. Así que en fin, no sé si le convencieron del todo mis argumentos… pero había conseguido mi objetivo: que dejara de insistirle a Noa.

Y es que resulta sorprendente la cantidad de situaciones en que los adultos, sin darnos cuenta y casi siempre con buena intención, tratamos de manipular la voluntad de los niños.

Justamente ese típico escenario de saludos y besitos suele presentarse como uno de los más recurrentes a la manipulación bajo el pretexto de que deben aprender normas sociales o simplemente por tratar de evitar una situación embarazosa con una tercera persona. Pero los niños no entienden de “postureo” ni convencionalismos… Ellos son emocionales, transparentes, sinceros. Así que si algo no les apetece o les disgusta, lo dicen o demuestran claramente y chimpum.

El problema es nuestro, de los adultos, que nos cuesta un mundo aceptar su respuesta si no es la que a nosotros nos conviene, así que consciente o inconscientemente abrimos la veda a cualquier tipo de amenazas y chantajes con tal de conseguir nuestro objetivo…

EJEMPLO REAL: Dame un besito o te quito el juguete. (Sí, se dice con una sonrisa, es una broma pero ella no la entiende y dubitativa, casi accede a la petición…)

OTRO EJEMPLO REAL: Yo he escrito a los Reyes Magos, si no me das un besito, el año que viene no les escribo… tus primos tendrán regalos y tu no. (ZASCA 🙁 Y con los Reyes hemos topado ¬¬)

¡Qué exagerada! ¡No es para tanto! Puede que estés pensando… por eso hoy quiero exponer algunas razones por las que este tipo de prácticas en un campo tan íntimo como es el contacto físico resultan inapropiadas e incluso peligrosas aunque, sinceramente, solo el gesto de su cara cuando se encuentra en estas situaciones me da suficientes y contundentes motivos para convencerme de lo inconveniente que resulta:

1) Para ellos es más que un acto social

Para los niños, los besos y abrazos son muestras de amor real, no los dan porque toca sino porque lo sienten ¿Y no es precisamente eso lo que los hace tan especiales? ¿No te parece triste empañar y corromper algo tan natural y sincero?

2) Merecen respeto

No solo porque debería ser nuestra prioridad respetar sus emociones y su forma de ser, sino porque el hecho de hacerlo y acompañarles en su propio camino sin tratar de manipularlo hará que se sientan más seguros de si mismos, confíen en su instinto y aprendan a reconocer y validar sus sensaciones, en lugar de asimilar que lo correcto es esconder lo que sienten para no disgustar a los demás.

3) Su voluntad está en pleno desarrollo

Voluntad: Capacidad humana para decidir con libertad lo que se desea y lo que no.

Es evidente que los niños no nacen con esta capacidad sino que la van adquiriendo a medida que crecen. Justamente cuando su voluntad comienza a abrirse paso es cuando suelen aparecer eso que conocemos como rabietas y/o luchas de poder… ¡Claro! Están descubriendo que pueden decidir por ellos mismos y tienen que entrenar su nueva habilidad, una y otra vez, una y otra vez… (Mientras los papis entrenamos la paciencia una y otra y otra vez xD)

Claro que los adultos queremos que nuestros hijos tomen buenas decisiones y precisamente por el miedo a que se equivoquen a menudo les obligamos, chantajeamos o amenazamos con tal de que decidan hacer lo que nosotros sabemos (o creemos) que es lo más conveniente. Pero, ¿Es realmente esa la manera correcta de favorecer su buena voluntad o simplemente dejamos a un lado su voluntad para imponer la nuestra?

Seguramente lo que más nos gustaría es que nuestro peque se convierta en esa persona capaz de decidir y decir con libertad lo que desea y lo que no, sin sentirse reprimido, ¿verdad? Lo más coherente parece, entonces, acompañarles cuanto nos sea posible en sus decisiones, ¿No crees?

4) Aprenden a poner límites

Si respetamos su decisión a negar un beso o un abrazo aprenden que tienen derecho a decir que NO a algo que no les apetece o que les disgusta en lugar de aceptar el hecho y resignarse por que es lo que toca. Hablamos de besos y abrazos, pero ¿Te gustaría que tu hijo/a no tuviera el valor de demostrar asertivamente que algo les incomoda o molesta cuando, por ejemplo, otro peque le insultara o le pegara y simplemente se conformase?

5) Son dueños de su cuerpo

Al hilo de lo anterior, es de vital importancia que entiendan que su cuerpo es suyo y solo ellos deben decidir sobre él. Si, como padres, obligamos a nuestros hijos a ofrecer muestras de afecto que no sienten en realidad corremos el riesgo de que lleguen a la conclusión de que su cuerpo no les pertenece tanto como parece y de que otras personas tienen también derecho a decidir sobre él. Es por esto que, lamentablemente, pueden resultar niños más expuestos y vulnerables a sufrir un abuso.

6) Merecen nuestra empatía

Sí, el mundo de los niños nada tiene que ver con el de los adultos. Nuestras prioridades son distintas, pensamos diferente y no sentimos igual… de hecho, a menudo lo que para nosotros es una tontería para ellos resulta todo un drama y es por eso que nos cuesta tanto, a veces, empatizar con ellos y sus necesidades.

Sin embargo, merece la pena que hagamos el esfuerzo real de ponernos en su lugar, volver un poco a nuestra infancia e intentar sentir y pensar como lo hacen ellos porque seguro que bajo esa nueva perspectiva nos sentimos más capaces de acompañarles como se merecen.

¿Y los modales?

Sí, en nuestra sociedad darse besos es el saludo más habitual y probablemente tu hijo/a acabará aprendiéndolo e integrándolo en su comportamiento social (no olvides que los adultos somos su ejemplo y si es lo que ve, es lo que previsiblemente repetirá).

Pero si, mientras tanto, niega los besos al llegar a un sitio o despedirse, puede ser una buena idea dialogar y buscar algún otro tipo de saludo con el que se sienta más cómodo/a. Dar un apretón de manos, decir simplemente hola y adiós o incluso mediar de gestos para saludar o besar en la distancia pueden ser un ejemplo de ello.

Por último, en casa nos parece una buena idea simular las situaciones mediante juegos de rol de manera que integre, practique o incluso planee distintas alternativas hasta dar con el modo en que se sienta más cómoda para integrarla y llevarla a cabo de forma más segura en la próxima oportunidad 😀

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5 recursos para acompañar a los niños a dormir

5 recursos para acompañar a los niños a dormir

El sueño, junto al hambre y el cansancio, suelen ser los detonantes más habituales por los que el comportamiento de los pequeños se ve condicionado y alterado: su cerebro racional en pleno desarrollo queda práctica o totalmente eclipsado por su cerebro emocional y cualquier insignificante acontecimiento puede convertirse en todo un drama para ellos, uno tras otro y vuelta a empezar.

Seguro que te suena esa escena en que “se ha pasado de rosca”, en que sabes que lo que necesita es dormir pero inexplicablemente no hay manera de que duerma y es que parece que, cuanto más sueño tiene más le cuesta relajarse. Es un bucle agotador para toda la familia que a veces parece convertirse en un callejón sin salida por el que, seguramente todos, hemos pasado alguna vez. Pero pasamos, sobrevivimos como mejor podemos y cuando todo acaba frente a nuestro alivio y casi incredulidad sólo podemos pensar en que esto no puede volver a pasar… si es que quedan fuerzas para pensar en algo, ¿no?

Por eso, en ese aspecto, nuestro principio más fundamental en casa es respetar su sueño tanto como sea posible. Sin horarios, sin expectativas… Noa siempre ha dormido cuando y cuánto ha necesitado ya que tratamos de interferir lo mínimo para propiciar así su autorregulación. De este modo, pienso que ha llegado a crear sus propios ciclos y ha aprendido a conocer y escuchar su cuerpo, para echarse a dormir cuando tiene sueño.

Solo con esto creo que hemos evitado muchos conflictos a la hora de dormir, pero la realidad es que no siempre se dan las condiciones y el entorno adecuado para llevarlo a cabo o simplemente hay días en que, por algún motivo, pasa su hora y ella cada vez está más revolucionada. Situaciones en las que además de tirar de mucha empatía e infinita paciencia, nos toca poner a prueba todos los recursos conocidos y por inventar para tratar de ayudar a que vuelva a la calma y logre conciliar ese sueño que tanto está necesitando.

Por ello, hoy quiero contarte los cinco recursos más habituales que utilizamos en casa para bajar revoluciones. No tienen por qué ser los únicos, los más originales o infalibles, sobre todo teniendo en cuenta que cada niño es único y lo que con unos funciona, con otros puede ser un fracaso absoluto… Pero como nunca se sabe, aquí te dejo unas cuantas ideas por si pudieran servirte un día 😉

UN BAÑO CALENTITO

Un recurso tradicional, no por casualidad es una práctica que en muchas casas ya forma parte de la rutina noctura. En nuestro caso no tenemos hora concreta para el baño y a pesar de que no “le toque” o inlcuso ya se haya bañado durante el día le ofrecemos la oportunidad de estar un rato en la bañera. Sólo el sonido del agua al caer ya puede resultar relajante, si sumamos además un rato de juego y el agua calentita arropando su cuerpo… a veces pasa incluso que no da tiempo a poner el pijama y se duerme hasta con la toalla puesta.

UN CUENTO, DOS CUENTOS, TRES CUENTOS…

Otro habitual en muchas familias con peques a la hora de dormir. A casi todos los niños (¿todos?) les encanta que les contemos historias y leamos cuentos. Además este recurso favorece la adquisición de lenguaje, fomenta la imaginación (que no tiene por qué ser fantasía) y fortalece el vínculo entre adulto y pequeño. Noa suele aparecer con una montaña enorme de cuentos, lista para ir a la cama… El último reto del día: llegar a un acuerdo en cuántos vamos a contar antes de dormir XD

MASAJES Y CARICIAS RELAJANTES

El contacto físico es muy importante y la hora de dormir suele propiciar un buen momento para ello. Además los masajes no solo son beneficiosos desde bien pequeños sino que ayudan a crear un importante vínculo de amor y… ¿Quién no se relaja mientras unas manos amorosas y protectoras le masajean o acarician en mitad de la calma? 😉

UN RECORRIDO POR NUESTRO DÍA

Esto es algo que en concreto a Noa le suele gustar bastante por lo que siempre suele estar dispuesta a parar y escuchar de manera concentrada y relajada un relato lo más detallado posible de todo lo que hemos hecho desde que nos hemos levantado hasta que hemos llegado a la cama. Si hemos estado juntas, además le ayuda a hacer un repaso del día y sus acontecimientos, de manera que trabaja la memoria a la vez que le ayuda con el lenguaje y el orden de los sucesos. Si no he estado con ella, le cuento mi día y así nos sentimos más conectadas además de favorecer su imaginación y de relajarse conforme transcurre la narración.

UN PEQUEÑO JUEGO INFANTIL MINDFULNESS

Este es otro de los preferidos de Noa. Como sabrás, el mindfulness (a grandes rasgos) trata de centrarse en el momento presente y este juego, además de ello, trabaja la conciencia corporal y por supuesto, la relajación. Es tan sencillo como que el pequeño cierre los ojos y trate de concentrarse para sentir qué parte del cuerpo va a tocarle el adulto que le acompaña y así poder nombrarla. No tiene más, pero lo tiene todo para triunfar no sólo como recurso relajante sino como actividad con los peques 😉

Estas son nuestras cinco técnicas habituales pero seguro que hay muchas más que merecen estar en la lista ¿Nos cuentas la tuya? 😛

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DIY: Frasco de la calma

DIY: El frasco de la calma… ¿Montessori?

De un tiempo a esta parte me da la sensación de que el frasco de la calma está, de forma muy continuada, presente en todos los rincones virtuales vinculados al mundo infantil así que probablemente este material ya te resulte familiar.

De hecho, no son pocos los que además lo atribuyen sin reparos y hasta con descaro al método Montessori, tal vez porque (afortunadamente) es un término que resuena cada vez más en relación con la crianza respetuosa o tal vez porque decir que algo es Montessori es casi un sinónimo de calidad para tus hijos. En cualquier caso creo sinceramente que resulta más un reclamo que una realidad.

No. El bote de la calma no es algo de lo que Maria Montessori hablara concretamente o pudiera tener una opinión ya que en realidad es algo que ha surgido en los últimos años, cuyo origen real desconozco y no he sido capaz de hallar (aunque me encantaría saber, por lo que si tienes una respuesta te la agradeceré :P).

Pero sí, una cosa no quita la otra y reconozco que bien empleado puede ser un recurso que encaja más o menos bien con esta filosofía. Lo preocupante viene cuando el bote se convierte en una herramienta de represión emocional más que de acompañamiento y por ello me parece un tema interesante a tratar.

En esencia, el bote podría formar parte de cualquier conjunto sensorial sin necesidad de ir más allá, como el que hicimos hace ya un tiempo y puedes ver aquí: DIY: Botes sensoriales. 15 ideas. Así pues, como material sensorial ya resulta genial y no hay necesidad de ir más allá si lo que nos gusta es el elemento en si mismo, pero si lo que buscamos es utilizarlo como instrumento para trabajar las emociones y la relajación en los más pequeños me parece realmente importante tener en cuenta varias cuestiones y de ahí surge este post.

USARLO BIEN O USARLO MAL, ESA ES LA CUESTIÓN

En primer lugar conviene tener presente que el frasco de la calma no funciona por si solo, no sirve de nada (o más bien es contraproducente) poner al niño a mirar el tarro cada vez que acontece un conflicto o se encuentra más nervioso de lo habitual y esperar a que se relaje como por arte de magia.

La cosa no funciona así y de hecho es justo ahí donde el frasco muestra su “lado más oscuro”, ya que utilizarlo con esta expectativa puede acabar convirtiéndolo en un recurrente castigo aunque, eso sí, camuflado de recurso respetuoso (como el rincón de pensar).

Aún peor, es probable que el aprendizaje que el niño adquiera de ello es que existen ciertas emociones que no son aceptadas por la sociedad y que por tanto, simplemente debe esperar a que pasen, intentar relajarse y dejarlas escondidas dentro, muy dentro donde no molesten a nadie.

Es más, puede que con el tiempo haya interiorizado tanto esta dinámica que incluso lo haga de manera automática sin apenas darse cuenta y por supuesto, sin necesidad de ningún elemento externo. No hace falta que diga que a nivel emocional esto resultaría un desacierto absoluto con importantes consecuencias que no solo le acompañarán en su niñez sino durante toda su vida.

Como ves, el frasco de la calma puede resultar un arma de doble filo y por eso es importante conocer a fondo sus posibilidades para así utilizarlo de una manera consciente y no simplemente porque está de moda o dicen que funciona genial “contra las rabietas“.

Y tras exponer los potenciales peligros de un uso inadecuado, centrémonos ahora en la parte positiva: sus aplicaciones dentro de un marco real de respeto y acompañamiento 😉

Lo cierto es que puede resultar una herramienta muy útil para tratar de explicar como funcionan nuestras emociones a través de una vistosa representación que podríamos narrarles más o menos así, siempre adaptándolo a su edad:

“Estas partículas de purpurina figuran emociones como la tristeza, la rabia, la frustración, el miedo o la decepción (son solo ejemplos) que a veces sentimos. Puede pasar – agitando la botella – que de repente sean tantas y tan fuertes que se revolucionen y anden tan alborotadas que no nos dejen ni pensar… entonces puede que nos pongamos nerviosos y nuestro comportamiento se vea alterado. Pero si seguimos observando las partículas, nuestras emociones, veremos como poco a poco ocupan de nuevo su lugar hasta hallar su estado natural. Es entonces cuando nuestro interior vuelve a estar en calma y equilibrio.

Esto no significa que simplemente debamos esperar a que “pase la tempestad” sino que debemos aprender a reconocer como nos sentimos, a poner nombre a nuestras emociones, hablar de ellas si es necesario y sobre todo aceptarlas. Admitir que tenemos derecho a sentirnos así pese a que no resulte una experiencia agradable para nosotros o los que nos rodean y ser conscientes de que no nos sentiremos así por siempre, aunque en ese momento pueda parecérnoslo.”

DIY: Frasco de la calma

El frasco de la calma puede resultar también un extraordinario recurso de relajación y meditación al más puro mindfulness si enseñamos a los pequeños a concentrarse en su respiración mientras observan los suaves movimientos en el interior de la botella, del mismo modo que podrían observar la recurrente llama de una vela, por ejemplo. Todo ello ayudará a bajar pulsaciones y a centralizar su sistema nervioso para así llegar a un estado consciente y equilibrado.

Como ves, más allá de que su origen haya sido por inspiración Montessori o más bien por influencias propias del yoga y la meditación, lo cierto es que el frasco de la calma bien empleado es un material en el que vale la pena profundizar ya que puede ayudarnos en el acompañamiento emocional de nuestros hijos así como llevarnos a reflexionar sobre nuestras propias emociones y eso siempre resulta interesante, ¿no crees?

Hay un pequeño cortometraje en el que varios niños mencionan este recurso y hablan sobre la importancia de la respiración… me parece muy bonito además de acertado así que lo dejo a continuación por si quieres echarle un vistazo 😉

¿CÓMO SE HACE UN FRASCO DE LA CALMA?

Es realmente sencillo fabricarlo y además pueden ayudar los más peques de la casa, una excusa más para hacer cosas en familia 😉

A continuación te cuento como hemos hecho la nuestra, bueno seré sincera… ella lo ha hecho todo XD

Necesitaremos

  • Gomina
  • Agua caliente
  • Purpurina del color que queramos (o varias)
  • Un frasco (nosotras empleamos un bote burbuja)

Paso 1: Ponemos gomina en el bote

DIY: Frasco de la calma

Paso 2: Llenamos con agua caliente

DIY: Frasco de la calma

Paso 3: Agitamos hasta que la gomina está disuelta y bien integrada

DIY: Frasco de la calma

Paso 4: Agregamos purpurina al gusto y agitamos bien

DIY: Frasco de la calma

Paso 5: Ya tenemos listo nuestro frasco de la calma

DIY: Frasco de la calma

Nosotras lo hemos integrado en nuestra recién estrenada mesa de la paz aunque más que mesa es un rinconcito XD

Espero sacar tiempo pronto para poder hablarte de este otro genial recurso para la gestión de emociones y conflictos, ya que hablamos del tema 😉

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En busca de la crianza feliz

Hace poco, una conversación con unos buenos amigos (os quiero, guapos :P) me movió, de ella surgió la necesidad de profundizar sobre nuestro estilo de crianza y me llevó, días después, a recorrer mentalmente de nuevo el camino que me llevó a ser la madre que hoy soy y a defender las cosas que defiendo. ¿Como he llegado hasta aquí? ¿Es posible que haya caído en eso que algunos llaman extremismo y que tan poco me suele gustar? ¿Acaso de repente y sin darme cuenta me he vuelto una madre loca y radical encerrada en su mundo ideal? Necesitaba verme con perspectiva, la verdad, así que me puse a pensar…

Crianza respetuosa, consciente, natural, crianza con apego… Todas esas expresiones que de casualidad, no se muy bien cómo ni por qué, se cruzaron en mi camino y hoy no dejan de repetirse en mi entorno virtual (ojalá más en el real). Y yo no puedo dejarlas pasar, no puedo dejar de leer, de escuchar, de informarme una y otra vez, para intentar llevarlo a nuestro hogar.

Pero no porque está de moda, no porque lo dicen los expertos o los bloggers más puestos en el tema sino porque a cada palabra que leo o escucho suele suceder que mi sentido común asiente satisfecho como diciendo: ¡Exacto, ese es el camino! Y yo, le sigo.

Le sigo aunque se que no es un reto fácil, le sigo a pesar de la replica ante enraizados hábitos sociales, le sigo consciente de que no siempre saldrá bien y mientras tanto, trato de derribar la culpa por el camino, que no es buena compañera.

¿Por qué la crianza consciente?

En el sentido literal, busco la definición exacta, “CONSCIENTE – Que siente, piensa y obra con conocimiento de sus actos y de su repercusión”. Esta es fácil: Si no te informas vas a ciegas, el instinto y el sentido común ayudan mucho, los millones de consejos, acertados o no, que nos regalan a menudo pueden estar bien, pero la información es poder y hoy en día abunda, así que no hay excusa, sea cual sea tu postura.

En el sentido más amplio de la expresión, me parece que una crianza consciente del hoy, dentro de la actividad desenfrenada que se adueña en nuestro día a día, es de vital importancia. Ser consciente de ese momento en que se encuentra, ese justo momento que es el ahora y no vuelve más, no sólo me parece una de las claves para una crianza plena y satisfactoria sino que es la llave para tratar de disfrutar cualquier circunstancia de la vida.

Crianza consciente maminatura

Además, ver el mundo desde su perspectiva, ser consciente de algún modo de su conciencia, me lleva sin duda a comprender muchas de las situaciones que vivimos y que a veces me desbordan, me ayuda a empatizar, al fin y al cabo, para ser más justa y flexible, aunque no siempre resulte fácil.

¿Por qué la crianza natural?

Simplemente porque confío en la naturaleza, que lleva millones de años demostrando su fuerza, su grandeza y perfección. Y en cuanto a esto, confieso que leer a Maria Montessori me ha abierto de par en par los ojos ante lo evidentemente extraordinaria que es su creación; y es que, día tras día observando a mi peque, no puedo más que asombrarme y reafirmar que el aprendizaje en los primeros años, de hecho el más importante, no es mérito de los adultos (por mucho que nos empeñemos) sino fruto de su evolución natural.Crianza natural - maminatura

Y es un proceso impecable que merece la pena admirar, así que mi opción es ofrecer buen ejemplo, el mejor ambiente posible y disfrutar. Porque ver crecer a un niño, tratando de no intervenir más de lo necesario, es realmente un espectáculo y una maravilla.

¿Por qué la crianza respetuosa?

En primer lugar y al hilo de lo dicho ya, porque confiar en la naturaleza conlleva respetar su desarrollo y por lo tanto, sus tiempos, sus necesidades y su espacio.

Además, porque ser responsable de su cuidado no me hace sentir superior sino simplemente responsable. Los limites existen, las normas están, pero trato objetivamente de diferenciar las que son realmente importantes de las que podemos negociar.

Sencillamente porque el hecho de ser pequeñita no la hace menos persona y merece el mismo respeto que mi pareja, mis amigos, mis vecinos o cualquiera que se cruce en mi camino, a quienes por supuesto estaría muy mal visto que tratara de corregir a golpes, por simbólicos que fueran.

Porque la violencia sólo genera violencia y pegar a los niños además de irrespetuoso y humillante es delito por mucho que a la sociedad le cueste asumirlo aún. Y estoy segura de que llegado a ese límite y bajo el pretexto de educar al niño en realidad ocurre que, movido por la frustración, es el adulto quien ha perdido su equilibrio emocional y esto es algo en lo que sin duda merecerá la pena trabajar.

El resto, y si se hace con premeditación, para mi es un punto de vista francamente equivocado (he visto a una madre decir a su hija “NO SE PEGA” mientras le daba azotes en el culo) o simplemente pura maldad.

Porque ser un buen ejemplo me parece, sinceramente, el mejor camino para inspirar ciertas conductas en lugar de imponerlas y ser su mayor influencia, de hecho me beneficia, ya que consciente de su mente absorbente trato de ser siempre la mejor versión de mi misma.

Finalmente, porque no puedo más que respetar a mi hija, esa que tanto me enseña y por la que soy un poquito mejor cada día.

¿Por qué la crianza con apego?

Lactancia materna, colecho y porteo son tres de las costumbres más relacionadas con este estilo de crianza y si te soy sincera, mi peque ha crecido prácticamente sin ninguna de las tres, así que lógicamente más de una vez me he auto-cuestionado. Me explico:

La lactancia materna fracasó a las pocas semanas y sí, se que podría haberlo hecho mejor pero así sucedió y así lo acepto, sin culpa.

El porteo tampoco triunfó demasiado y la razón fue una mochila no ergonómica que nos regalaron con todo el amor y probablemente el peor asesoramiento. La verdad es que nunca la llevé a gusto, iba incómoda, me hacía daño en la espalda y los hombros. Ahora entiendo el por qué, pero por entonces no conocía tanto el tema y como de todas formas, la peque iba tranquila en el carro (o en brazos) tampoco surgió la necesidad de investigar y buscar mejores soluciones.

En cuanto al colecho, simplemente nos dejamos llevar. Ella siempre ha dormido bien en su cunita junto a nosotros pero de no ser así, hubiéramos pasado más noches en la misma cama, sin problemas. De hecho, seguimos durmiendo juntos siempre que nos apetece (a ella o a nosotros :P)

Todo ello me llevó irremediablemente a cuestionar si realmente estábamos siendo las figuras de apego que pretendíamos ser. Y la respuesta, para mi tranquilidad, es que sí. Que esas prácticas, buenas en cualquier caso, no tienen porqué conllevar una crianza con apego y que su ausencia, por supuesto, no implica que el apego sea inexistente.

Crianza con apego - maminatura

Y que, más allá de eso, el hecho de tratar de anticiparse y satisfacer sus necesidades, el hecho de ofrecer consuelo cuando lo precise y estar presente para brindar el amor y cariño que le hacen sentir segura sí es algo fundamental para crear ese vínculo tan necesario. Trato de ser esa persona en la que confía, con la que sabe que puede contar y por ello, además de su comportamiento en general, estoy segura de que sí, nuestra crianza es también con apego.

La conclusión

Al final, profundicé en muchos estilos de crianza para valorar que es lo que hace, en cada caso, que lo defienda y en qué medida trato de aplicarlo para tratar de responderme… ¿Soy una madre loca y extremista que vive en su mundo ideal? Tal vez haya quién pueda verme así, pero la realidad es que no es así como me siento.

Leo, me informo, cojo aquello que me convence y lo que no, lo descarto. Puede que sea demasiado optimista, que idealice las soluciones óptimas a cada situación y la realidad es que posiblemente queden en algún caso lejos de parecerse. De la teoría a la práctica va mucho trecho, es verdad.

Pero si algo he aprendido de Montessori es a valorar el proceso en lugar del resultado y es que en ningún caso me beneficiará el dejar de intentarlo excusada en la utopía, mientras que el simple hecho de aspirar a conseguirlo me llevará por un camino que me hará mejor, no solo como madre sino como persona. Solo por eso merece la pena intentarlo.

Crianza feliz - maminaturaAsí que sí, yo escojo la crianza consciente, la crianza con apego y natural. Escojo la crianza respetuosa con mi hija y el respeto a las decisiones de los demás en sus crianzas.

Escojo, principalmente, el respeto hacía mi misma porque no creo en el sacrificio ciego y para que mi peque disfrute de una crianza positiva es imprescindible que así la sienta yo también.

Escojo, HOY, criar en la forma en que lo hago porque es lo que HOY funciona en casa. Tal vez si ella no fuera como es, ahora pensaría diferente; puede que mañana ya no piense igual, pero de lo que sí estoy segura es de que, se llame como se llame la manera en que educamos, nuestra meta siempre será aquello que hace que mi hija se sienta bien y con lo que en casa nos sentimos satisfechos, aquello que más pretenda un hogar equilibrado y en calma. Nuestro destino, nuestro horizonte será siempre, si debemos ponerle un nombre, la crianza feliz.

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Mamá, no entiendo tus ironías…

El sarcasmo y la ironía forman parte de nuestro vocabulario habitual, será por eso que muchas veces los utilizamos sin apenas darnos cuenta y decimos lo contrario a lo que queremos decir ya sea por dar un toque de humor a la conversación, por poner un tono despectivo o por hacer burla.

Es simplemente un recurso más de nuestro lenguaje y hasta ahí todo está bien. Pero a veces simplemente observo el mundo tratando de ser objetiva, observo y escucho para valorar y aprender actitudes que me gustaría adoptar o para ver mi propio reflejo en la conducta de otras personas y así tratar de mejorar lo que en realidad no veo con buenos ojos y sin embargo hago a menudo. Y en esos paréntesis de contemplación a menudo me cruzo con la ironía empleada con los niños, una herramienta bastante desacertada, en mi opinión, para la comunicación con los más pequeños.

Probablemente olvidamos que lo mágico de la infancia es precisamente la sencillez, la naturalidad y la inocencia. Porque si esta noche tu hijo de 3 años te dice que quiere ir a la luna y tu cansad@ de un día duro le contestas con ironía que sí, que vaya preparando la maleta que os vais a ir los dos juntos, puede que por la mañana te lo encuentres con el equipaje listo y una sonrisa de oreja a oreja preguntando ¿Cuando nos vamos?

Y es que los más pequeños están absorbiendo el entorno, adquiriendo increíbles conocimientos y maneras de comunicación, por lo que en medio de ese gran y extraordinario proceso de su cerebro, muchas veces no tienen cabida (hasta más adelante) la ironía ni el sarcasmo. Así pues, sucede que a menudo y para nuestra sorpresa, tratan el lenguaje de manera literal.

Pero es que además resulta que desde el nacimiento anda creándose un vínculo de confianza junto a sus seres más cercanos, con los que siempre contar y en los que siempre apoyarse, algo fundamental para sentirse seguro y cuya importancia debería ser prioritaria para los adultos de su alrededor. Siendo así, ¿Qué razón habría para no creer lo que dice mamá, papá, el profesor, o esa persona que les quiere tanto?

Pues claro, los cree. Y después llega la insatisfacción de no ver realizadas sus expectativas y, aún peor, la decepción de saber que esa persona en la que confiaban ciegamente ha resultado que no es tan de fiar. Porque para ellos sólo fue una frase tonta dicha casi sin pensar, pero para el pequeño era una verdad.

Vale, puede que el caso de la luna suene exagerado… quizás este ejemplo te resulte más familiar: Niño de 4 años en una tarde complicada, o como comúnmente se diría, portándose mal. En un momento determinado le pregunta a su abuela si volviendo a casa le comprará un helado a lo que ésta responde literalmente “claro, por supuesto, por lo bien que te has portado”, cualquier adulto o niño de mayor edad deduciría que el capricho queda más que descartado. Pero no será el caso del niño que, probablemente ajeno a la ironía, al pasar por el puesto reclame lo prometido y la abuela indignada se niegue a comprarlo de nuevo, esta vez de forma más clara y rotunda. Es entonces cuando le llega el mensaje por primera vez con la negativa y lo más probable es que en ese preciso instante comience la rabieta que dará continuidad a la mala tarde de ambos, puesto que no habiendo comprendido la situación, esperaba confiado el momento del helado y lo único que importa ahora es que su abuela es una mentirosa de cuidado.

Pero no siempre las ironías derivan en engaños y decepciones, a veces simplemente les llevan a situaciones de completa incomprensión que llevan a los pequeños a riñas o castigos totalmente inesperados, como por ejemplo un caso real: Niña botando una pelota por la calle, se le escapa y el padre la recoge corriendo de la carretera, éste se la devuelve a la voz de “ahora sigue botándola, para que se vaya otra vez a la carretera”. Resultado: La niña sigue jugando con la pelota y el padre enfadado le riñe y se la quita porque le acaba de decir que deje de botarla y aún así ha seguido haciéndolo. Ella, claro, no entiende nada.

Y es que ya de por sí, los niños y los adultos tenemos maneras de ver el mundo completamente distintas, cuando no opuestas y claro, nos queremos mucho pero a veces no nos comprendemos y sin embargo a menudo es en nuestra actitud donde se encuentra la respuesta y no en la suya.

Y que, sí a veces perdemos los nervios porque nuestros hijos no nos escuchan o nos parece que no hacen ni caso, si nos da la sensación de estar en un continuo conflicto, no estará de más mirarnos de forma objetiva, ponernos en su lugar y preguntarnos si en realidad les estamos transmitiendo el mensaje que queremos que reciban. Porque de no ser así, puede que hallemos una de las claves para mejorar la relación: adaptarnos a su ritmo y a sus necesidades. Merecerá la pena simplificar nuestra comunicación con los más pequeños, merecerá la pena, sin duda, el esfuerzo en “descomplicarse” y buscar las palabras realmente adecuadas a su edad 🙂

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Montessori y la crianza sobreprotectora

Muchas veces se asocia, más bien se confunde, la crianza respetuosa con un estilo de crianza sobreprotectora.

Pero sobreproteger es llevar al límite el concepto de protección paternal, auxiliar en exceso hasta derivar en un impedimento para el desarrollo emocional, psíquico e incluso físico del pequeño, y nada tiene que ver con acompañarlo y consolarlo cuando llora, tratar de satisfacer sus necesidades, portearlo, llevarlo en brazos, hacer colecho o practicar lactancia prolongada, entre otras prácticas comunes de la crianza con apego.

Una vez más, la filosofía Montessori resulta muy inspiradora y acertada para analizar y argumentar los inconvenientes de la sobreprotección infantil, y es que sus principios chocan de frente con la crianza sobreprotectora.

La mente absorbente

Maria Montessori siempre dio gran importancia a la observación, precisamente una de las claves de su pedagogía. Observar a los niños. Mucho. Hasta el punto de admirar, valorar y respetar cada una de sus actividades, por insignificantes que a nuestros ojos de adultos puedan parecer.

De la observación se deriva el compromiso de no interrumpir, respetar su concentración y quedar en un segundo plano para darles la oportunidad de experimentar por sí mismos. Y si lo conseguimos, si los observamos de verdad, serán los propios niños quienes nos transmitan el valor y la importancia de cada uno de sus actos. Ellos serán el reflejo de su interés, dedicación y satisfacción al hacer las cosas sin ayuda, o por lo menos intentarlo, porque el aprendizaje está en el proceso y no en el resultado.

Desde que nacen hasta aproximadamente los 6 años, los pequeños se caracterizan por contar con lo que la doctora Montessori llama la mente absorbente: El cerebro del niño aún inmaduro trabaja incansablemente con el objetivo de formar a la persona adulta que será en un futuro y para ello, retiene cuanta información recibe del ambiente y de las experiencias en relación con éste.

Durante esa etapa, pues, todos contamos con una especie de mente maravillosa que registra y procesa gran cantidad de información proporcionándonos así una asombrosa capacidad de adaptación. Todo ello, además, sin el menor síntoma de fatiga o debilitación por el gran esfuerzo realizado.

Y es que si algo tienen los niños es perseverancia, actitud frente a los retos y afán de superación… No es de extrañar si tenemos en cuenta que lo que está en juego es su independencia, su futuro y su libertad, ¿no?

Así, movidos por una fuerza interior y una especie de ley del máximo esfuerzo, los pequeños se sienten atraídos por multitud de actividades disponibles en su entorno, a través de las que tratan de conquistar nuevas habilidades y capacidades según su edad y el período sensible en que se encuentren.

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Nuestro objetivo como adultos, pues, será el de valorar y procurar un entorno seguro para que el niño pueda moverse libremente, protegido de peligros mayores pero a la vez impulsor de la experimentación con autonomía y responsabilidad, donde equivocarse y rectificar, caer y levantarse, donde formarse, en definitiva, a través de sus experiencias.

Por lo tanto, toda privación o coacción de su libertad de movimiento y decisión, siempre dentro de unos límites de seguridad, puede estar interponiéndose en su crecimiento natural con fatales consecuencias en su evolución social y en su desarrollo emocional. Y eso es precisamente lo que sucede cuando interviene la crianza sobreprotectora.

5 Características de la sobreprotección

Son varias características las de los padres sobreprotectores y de analizarlas todas este post no tendría fin, así que he tratado de escoger las cinco más comunes para profundizar en ellas:

1) Limitar o impedir la exploración del entorno de forma independiente

Cuando frenamos los propósitos del pequeño para explorar el mundo a su manera, no le dejamos experimentar y sentir orgullo de sus propios logros y capacidades, le estamos imposibilitando, pues, el conocimiento de si mismo y del ambiente que lo rodea. Ello puede derivar en falta de confianza, seguridad y autoestima.

Ejemplos prácticos: Impedir el gateo con el fin de evitar la suciedad, impedir que beba sólo para que no se moje, etc. 

2) Limitar o ignorar las demandas de autonomía

Conforme van adquiriendo nuevas capacidades, nuestros hijos nos demandan autonomía, ya sea en pequeñas decisiones como la merienda que quieren tomar o la ropa que quieren llevar como en decisiones más importantes sobre los estudios que quieren realizar o los amigos que prefieren tener.

Debemos tener en cuenta que ellos son independientes a nosotros y como tal tienen derecho a tomar sus propias decisiones, acertadas o no, cuyas consecuencias les llevarán a crecer y evolucionar como personas, a ser ellos mismos.

Ignorar o limitar su poder de decisión y autonomía podría derivar en un continuo conflicto y tensión innecesaria así como favorecer su dependencia e inseguridad.

Ejemplos prácticos: Escoger la ropa que debe ponerse, los amigos con los que ha de ir, etc. 

3) Hacer las cosas en su lugar

Desde que nacen, los bebés necesitan que lo hagamos prácticamente todo por ellos, pero con los meses conquistan nuevos movimientos y habilidades que les permiten poco a poco realizar distintas tareas de la vida diaria.

Flaco favor les hacemos si aún siendo capaces de algo, o por lo menos de intentarlo, seguimos haciéndolo en su lugar por el simple hecho de ir más rápidos o hacerlo mejor, puesto que el esfuerzo de realizar las cosas sin ayuda les permite aprender sobre sí mismos, sobre sus capacidades y sobre su entorno.

Además de poder convertirse en personas dependientes y muy demandantes, el mensaje indirecto que les llega es que no son capaces de realizar las cosas solos o que no lo hacen lo suficientemente bien, con lo que finalmente pueden resultar ser personas inseguras, tímidas y con baja autoestima.

Ejemplos prácticos: Vestirlos, darles de comer, acompañarlos al baño, etc. cuando son capaces de hacerlo solos. 

4) Excusar en el miedo un exceso de control

El miedo es una emoción válida, super útil y necesaria a veces, que nos protege frente a posibles peligros y favorece nuestra capacidad para solucionar situaciones difíciles. Por ello, conviene evaluar los peligros graves y distinguirlos de los riesgos asumibles con el fin de permitirles ser dueños de sus propios miedos en base a sus experiencias y no a nuestra influencia como adultos.

No es lo mismo prohibirles asomarse a una ventana de un cuarto piso que vetarles el uso de un tobogán, ni es lo mismo advertirles sobre el peligro de cruzar la carretera que hacerlo sobre el peligro de ir corriendo por el parque.

Otro extremo es valerse del miedo como herramienta de control, exagerar situaciones de peligro para prohibirles hacer una cosa o sugestionar de manera que se sienta libre pero amenazado sobre las consecuencias de una decisión. La alta dependencia y la inseguridad pueden convertirse en rasgos característicos de estos niños.

Ejemplos prácticos: Si no te duermes viene el coco, si corres te puedes caer y hacer mucho daño, no te alejes que te lleva el hombre del saco, etc. 

5) Evitar situaciones desagradables o difíciles, resolver siempre sus problemas

Nuestros hijos son lo que más queremos y nos gustaría para ellos la máxima felicidad, no queremos que lo pasen mal y con esa excusa tratamos a veces de evitarles cualquier situación complicada o desagradable, incluso llegamos a sentirnos culpables si no lo hacemos.

Pero de nuevo conviene relativizar y modular nuestra intervención, puesto que los sentimientos derivados de dichas situaciones son igualmente válidos y de hecho, experimentarlos les ayuda a ponerles nombre y regularizarlos en su interior.

Si siempre resolvemos sus conflictos no serán capaces de hacerlo por si solos y la realidad es que no siempre estaremos para ayudarles, por lo que la mejor ayuda que podemos prestar además de nuestros consejos es la autonomía para resolver sus propios problemas. De ese modo obtendrán las herramientas y capacidades que evitaran que se conviertan en alguien inseguro y con gran intolerancia a la frustración.

Ejemplos prácticos: Ayudarle al mínimo indicio de que algo le resulta más difícil de lo que esperaba, hacerle los deberes, defenderlo si otro niño le molesta o quita un juguete (sin violencia de por medio), etc. 

La protección moderada

Es evidente que el amor a nuestros hijos puede llevarnos a protegerlos de manera desmedida y lo hacemos siempre desde el máximo afecto y con las mejores intenciones, como cualquier decisión en relación con la crianza. Pero los buenos propósitos no tienen por qué ser siempre los más acertados y a veces conviene dar unos pasos hacia atrás, coger algo de distancia y mirarnos desde otra perspectiva para ser conscientes no sólo de nuestras decisiones sino de sus consecuencias.

Cabe decir, además, que probablemente todos hemos tenido, tenemos o tendremos momentos en los que nos sentiremos identificados con una o varias actitudes propias de los padres sobreprotectores y no por ello implica que estemos poniendo en peligro el desarrollo de nuestros hijos.

Sin embargo, conviene estar alerta y tratar de regularnos si esas conductas con las que nos identificamos no se dan de manera puntual sino más bien al contrario, de manera habitual.

Las siguientes cuestiones resultan una buena herramienta de “autoevaluación”:

  • ¿De quién es responsabilidad, del niño o mía?
  • ¿Es capaz de hacerlo por si mismo?
  • ¿Ésta actitud de ayuda o protección es una excepción o una generalidad?

Responderlas frente a las distintas situaciones en las que podemos encontrarnos, puede ayudarnos a reconocer y tratar de moderar, si es lo que queremos, nuestra actitud de sobreprotección.

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Which way?

Reflexiones de conciliación

Hace muchos años, una tarde cualquiera y casi por casualidad acabamos viendo una película en principio para niños y que al final resultó por encantarnos, era “Charlie y la fábrica de chocolate”.

Particularmente, me encantaron los escenarios (esa fabrica 2966-charlie-y-la-fabrica-de-chocolate-2005para comérsela!! XD) y los mensajes que transmite pero hubo concretamente una escena, una frase que se me quedó grabada y al parecer de manera bastante profunda ya que aun sigo recordándola de vez en cuando, tal vez a modo de terapia.

Si no has visto la película y tienes intención de verla, tal vez quieras dejar de leer ahora, aunque la escena que comentaré forma parte del principio y no de la trama ni el desenlace 🙂

A lo que voy: la frase que me cautivó la dice el abuelo a su nieto (Charlie), ante la intención que tiene el pequeño de vender el billete dorado que ha encontrado en su chocolatina para así poder aportar dinero a la familia, que es bien pobre y pasa momentos bastante complicados:

“Jovencito ven aquí… hay un montón de dinero en el mundo y fabrican más y más cada día, pero de este billete sólo hay cinco ejemplares en todo el mundo y nunca habrá ninguno más. Sólo un bobo lo cambiaría por algo tan vulgar como el dinero… ¿Eres tu un bobo?”

¡Con el dinero hemos topado! En todos los años que Isaac y yo llevamos de relación, hemos pasado por situaciones de todo tipo en lo que respecta a la economía. Hemos estado en lo más bajo y aunque en lo más alto sería demasiado decir (ojalá XD) si que hemos conseguido llegar a un nivel cómodo: ni mucho ni poco. Y así hemos ido un poco moviendonos a través de los años, arriba y abajo, abajo y arriba. Con esto quiero decir que conocemos por experiencia todo tipo de situaciones y si bien es cierto que el dinero te da tranquilidad, sabemos de buena tinta que con lo justo (muy, muy justo), también podemos ser felices, por que lo hemos sido.

Quizás estés un poco confundido/a ahora…¿Por que me cuenta esto ahora? ¿Pero esto no es un blog relacionado con la crianza?

Precisamente la crianza de mi peque y la observación de mi entorno en cuanto a este tema es lo que me ha hecho recordar de nuevo esa frase cinematográfica y ahora te cuento por qué:

Resulta que el domingo pasado emitieron un programa relacionado con la conciliación (salvados, en la sexta) y la verdad es que a parte de indignación por las diferencias de nuestro país con Suiza conforme a todo el tema social, la sensación que me quedó al finalizar el programa fue más de tristeza que de otra cosa.

Me sentí triste por nuestra sociedad, por las pocas facilidades a los padres y madres trabajadores y por las muchas dificultades de tantos de ellos para sacar adelante a su familia. Pero sobre todo me sentí triste por las tantas experiencias a las que los padres y madres de nuestro país renuncian con motivo del dinero, algo tan vulgar pero tan necesario, ¿verdad?

Me sentí también agradecida del tantísimo esfuerzo y por la lucha constante de mi pareja para sacar adelante su empresa, que además de su sueño, es lo que nos dio la estabilidad suficiente para permitirme renunciar al trabajo y dedicarme a estar con Noa (además de apoyarme en este proyecto MamiNatura que me entusiasma, pero eso es tema a parte 🙂 )

Me sentí angustiada de pensar que con nuestro historial económico, cualquier día a saber por qué, nos encontremos de nuevo en lo más bajo, que todo esto que hoy está de cara se ponga del revés y volvamos a empezar de 0. Angustiada por pensar en la posibilidad de tener que dejar a mi peque para ir a trabajar fuera… a que sea imprescindible de nuevo entregar algo tan valioso como es mi tiempo hoy para ella, a una fría empresa a cambio de ese maldito dinero.

Y es que hoy se que la mejor decisión que pude tomar justo el día anterior de mi vuelta al trabajo fue dejarlo, cambiar los planes y reconducir mi vida. Que aunque, entre mis sentimientos contradictorios, ese dia yo no entendía por que mi marido y mi madre, contentos, le decian a mi bebé: “menudo regalazo te ha hecho la mama!”, hoy comprendo perfectamente la magnitud de lo que esa decisión ha comportado para las dos… Y que pobre de mi si me hubiera equivocado, si siguiendo las pautas de nuestra sociedad, hubiera decidido perderme parte de esta historia tan importante, la historia de mi peque.

Lo que quiero decir con esto, es que comprendo que hay familias que no tienen opción. Comprendo y me apena que la sociedad nos apriete y que con un sueldo (cuando lo hay) muchas veces no llegue. Y comprendo por supuesto, que el trabajo es tambien realización personal, pero si te encuentras en esta tesitura y estás basando la decisión unicamente en la estabilidad economica familiar, te animo a pensar: ¿De verdad crees que no podréis vivir sin ese sueldo (o sin una parte del mismo) o simplemente supondría renunciar a ciertas comodidades a las que ahora estáis acostumbrados? ¿Se trata realmente de cubrir necesidades básicas o en el fondo te sientes algo condicionado/a por este sistema de consumo que nos envuelve y nos crea necesidades innecesarias? ¡Hablo de una sociedad en que está de moda regalar experiencias por que ya lo tenemos todo! Y hablamos de una experiencia inigualable, la experiencia de tu vida: la PaMaternidad! Si nos la vendieran en grandes almacenes tal vez la valoraríamos más…

Seas como seas y decidas lo que decidas, no me gustaría que tomaras este post como una ofensa, ya que sinceramente no es mi intención juzgar tu decisión que respeto enormemente, ya sea trabajar, reducir jornada, pedir excedencia, trabajar en casa, dejar tu puesto o lo que sea que hayas decidido… por que tienes tus propios motivos y por que no hay decisión que no conlleve ventajas y sacrificios a la vez. Esto solo es un planteamiento y no pretende ser una lección, nada más lejos de la realidad… esto solo es mi experiencia, mi punto de vista. Y en realidad, si te encuentras decidiendo sobre tu vida profesional y tu PaMaternidad, no se si te estoy ayudando o tal vez lo estoy complicando aun más (lo siento 🙁 )

En fin, analizando todo este tema, me acordé de aquella frase que ha motivado esta entrada, y de que, aunque no parecía tener nada que ver con la crianza, cambiando solo un par de palabras sí parece reflejar las renuncias a las que, cada vez más, se somete nuestra sociedad. Y tal vez (solo tal vez) del mismo modo que a mi me invitó a la reflexión sobre conciliación, te invite a ti también, como si de tu propio abuelo/a se tratase, o como si fuese esa persona a quien más quieres y admiras quien te planteara la cuestión:

“Jovencito/a ven aquí… hay un montón de dinero en el mundo y fabrican más y más cada día, pero este/a niño/a sólo hay uno/a en todo el mundo y nunca habrá ninguno/a más. Sólo un/a bobo/a lo cambiaría por algo tan vulgar como el dinero… ¿Eres tu un/a bobo/a?”

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Y es que ese/a hijo/a es tu propio billete dorado 🙂

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el cerebro del niño

El cerebro del niño y su valor en los primeros años

Cercanos o no, probablemente todos conozcamos en nuestro entorno casos de enfermedades mentales tales como la depresión o los trastornos de personalidad. Términos que aparecen con, lamentablemente, demasiada frecuencia  en nuestro día a día.  Ésta constante presencia es, entre otras cosas, lo que hace que este tipo de enfermedades sean consideradas como la mayor amenaza social de la actualidad pero, ¿Podemos hacer algo para arreglarlo?

La respuesta es sí. Resulta que todas estas enfermedades psicológicas tienen entre sus factores comunes, uno muy destacable: todas ellas apuntan directamente a las experiencias vividas en la primera infancia, período de grandes cambios y desarrollos en el cerebro, cuyo proceso en formación lo hace susceptible de todo tipo de influencias.

La formación del cerebro

Nuestro caminar erguido y nuestro gran cerebro son dos de las características que más nos diferencian de los animales, características que además influyen en gran medida en lo que respecta a nuestro desarrollo y llegada al mundo: nuestros partos son más dolorosos y peligrosos debido a la estrechez de nuestras caderas, lo que a su vez conlleva el hecho de que nuestro cerebro no pueda formarse completamente en el útero, ya que de hacerlo, el parto natural sería físicamente imposible.

Así pues, nuestra estrategia evolutiva hace que nazcamos inmaduros, de forma prematura, de manera que nuestro cerebro sigue en constante desarrollo aún fuera del vientre materno. De hecho, el cerebro evoluciona y experimenta cambios a lo largo de toda nuestra vida, aunque es en la infancia cuando más modificaciones presenta.

Y dentro de ese importante período que es la infancia, es justo en el inicio (de 0 a 3 años) cuando el cerebro teje nuestras redes internas y realiza conexiones a la mayor velocidad que jamás alcanzará, llegando a doblar su tamaño. En esa primera etapa se desarrollan pues, importantísimos sistemas del cerebro, especialmente los relacionados con el campo emocional y, lejos de crearse de manera automática, estos sistemas y conexiones están condicionados por las experiencias que el bebé percibe de su entorno.

“En los dos primeros años de vida, aunque uno no conserva recuerdos explícitos, se producen recuerdos y asociaciones emocionales profundas en el sistema límbico y otras regiones del cerebro en donde se representan las emociones, y estos recuerdos emocionales pueden determinar el comportamiento de una persona para toda la vida”

Oliver Sacks

Así pues, en la primera infancia los peques aprenden a gestionar las emociones, su cerebro trabaja para lograr un equilibrio emocional y es por esto que resulta de una gran importancia el hecho de que se sientan queridos y protegidos, ya que es en ese momento crucial cuando su cerebro escogerá la vara de medir las emociones y que le acompañará por el resto de su vida.

La memoria del niño

Si piensas en los primeros recuerdos de tu infancia, es probable que tu memoria no comience hasta los 3 años de edad aproximadamente, pero ¿que ha pasado con todas las experiencias anteriores a esa fecha? ¿Alguna vez te has preguntado por que eres incapaz de recordar tus primeros años?

La respuesta nos lleva de nuevo al estado de desarrollo en que se encontraba tu cerebro en esa primera etapa: la mielinización del córtex cerebral, responsable de la memoria explícita y el razonamiento entre otras cosas, finaliza sobre los 2 o 3 años, esto explica por que resulta fisicamente imposible que un niño pueda almacenar recuerdos antes de esa fecha.

Pero, si el niño no va a recordar nada ¿que importancia tienen sus experiencias? Mucha, pues con lo que sí contamos desde el nacimiento es con la memoria implícita, que puede hacer modificar un comportamiento sin necesidad de estar relacionado con un recuerdo.

Un ejemplo muy clarificador: un niño se pone a llorar siempre que va a un centro médico y le atiende alguien con bata blanca aun sin haber comenzado siquiera la exploración… Si no recuerda que las anteriores veces le pincharon e hicieron daño ¿a que se debe su actitud? A la memoria implícita, que hace saltar un estado de alarma frente a las batas blancas. El niño no sabe ni recuerda exactamente el por qué, pero sí sabe que esa situación puede llevarle a una mala experiencia.

Como puedes imaginar, esto es algo sumamente importante en relación con sus vivencias, ya que aun sin recordarlas pueden suponer un cambio en su comportamiento por el resto de su vida y transformarse en fobias o miedos ante determinadas circunstancias.

La importancia del entorno y las experiencias

Es cierto que el cuidado de los peques no es una ciencia exacta y existen infinitos modelos de crianza puesto que cada familia, cada entorno y, sobretodo, cada niño es distinto.

Lo que debemos tener claro es que sea cual sea nuestro estilo de crianza, lo más conveniente en cuanto al favorecimiento del desarrollo cerebral se refiere es evitar, en la medida de lo posible, situaciones protagonizadas por el estrés de forma continuada.

Para ello conviene relativizar, ponernos en el lugar de nuestros bebes para comprender las situaciones que les llevan a tal ansiedad y que frecuentemente tendemos a infravalorar. Por ejemplo, cuando dejamos a un niño en su cuna y salimos de la habitación, nosotros sabemos que está seguro y que si en un momento dado necesita de nuestra atención o cuidados estaremos con él enseguida. Pero esto él no lo sabe. A él le va la vida en ello, no sabe si su cuidador está cerca o lejos, si volverá o definitivamente le ha abandonado, él no sabe si sobrevivirá.

Como adultos (generalmente) hemos aprendido a gestionar el estrés, sabemos como manejar ese tipo de situaciones y qué hacer para calmarnos, sin embargo un bebé no sabe deshacerse de ese exceso de cortisol, desconoce como hacerlo y es por esto la importancia de nuestro acompañamiento.

Puede que sea éticamente cuestionable dejarlos solos en esas circunstancias, pero es que además, resulta que una exposición continuada a través de las semanas o los meses a este tipo de experiencias puede tener efectos muy perjudiciales para su cerebro, entre los que se cuentan el déficit de atención y los problemas de memoria, términos que seguramente reconocerás como comunes en cuanto a la actualidad de nuestros pequeños estudiantes.

Un claro ejemplo es el conocido y cuestionado método Estivill, del que no pretendo hablar dado lo mucho que hay ya escrito respecto a las consecuencias de su aplicación, pero sí te recomiendo, como ampliación, la visualización del video (que dejo en el apartado de links de interés, más abajo) en que Rosa Jové, psicóloga y autora de Dormir sin lágrimas, entre otros libros de crianza, habla sobre el tema con una claridad extraordinaria.

Podría extenderme demasiado (probablemente ya lo he hecho), puesto que este es un tema profundo y de gran complejidad así que trataré de ir finalizando… Pero no puedo hacerlo sin hablarte una vez más de la increíble influencia que podemos llegar a tener sobre la vida de nuestros niños. Influencia tal que puede conducirlos a convertirse en personas optimistas o pesimistas según el tipo de experiencias que predominen en su infancia ya que, como hablábamos antes, su cerebro está en continuo desarrollo y las redes que se tejerán irán tomando una u otra forma en base a si pasa la mayor tiempo de esa etapa en estado de tristeza o felicidad.

Para que te hagas una idea de la importancia de esas redes y la velocidad a la que se forman en el cerebro del niño, aquí tienes una imagen resumen de las conexiones neuronales que el cerebro muestra según la etapa en la que se encuentra. Como ves, la cantidad de asociaciones asciende exponencialmente en esa etapa hasta tejer una red extremadamente compleja. Conviene tener en cuenta que, aunque el conjunto seguirá evolucionando durante el resto de su vida, algunas de esas primeras conexiones no se romperán jamás. De ahí la gran trascendencia de esas primeras vivencias.

cerebro del niño conexiones neuronales

Y dado que las experiencias infantiles vienen determinadas en gran parte por los actos de los adultos que los rodean, resulta un gesto de gran responsabilidad ser conscientes de las posibles consecuencias de nuestra actitud. Solo el conocimiento nos da el poder de tomar decisiones responsables y no hay mayor compromiso que el cuidado de los niños del mundo, los hombres y mujeres del futuro, ¿no te parece?

Links y libros de interés

VIDEO: Rosa Jové resume su libro “Dormir sin lágrimas”

VIDEO: Redes: El cerebro del bebé

LIBRO: Why Love Matters: How Affection Shapes a Baby’s Brain

LIBRO: El cerebro del niño

LIBRO: El cerebro del niño explicado a los padres

LIBRO: Dormir sin lágrimas

LIBRO: Ni rabietas ni conflictos

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9 consejos de Maria Montessori

9 consejos de Maria Montessori

Hay quién los llama mandamientos, aunque precisamente esa palabra no me parece muy acorde a su filosofía de vida. Maria Montessori y su legado sigue (y seguirá) cautivando corazones de padres y profesores a través de los años… y no es para menos.

Revolucionó el mundo de la pedagogía y puso en evidencia en más de una ocasión los sistemas tradicionales, aunque el objetivo de su “método” siempre fue más allá de los resultados académicos. Brindó a los niños el papel protagonista en sus aulas, les ofreció la libertad y el respeto que otros les negaban, los observó, los siguió, aprendió de ellos… y aprendió tanto que hasta hoy nos llega su enseñanza.

“Una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño”

Maria Montessori

Lo que hoy quiero compartir contigo no es un resumen sobre lo que esperar de nuestros niños si aplicamos el llamado método Montessori, si no de la postura que nosotros, los adultos, deberíamos adoptar con los niños si queremos acercarnos a esa forma de vida. Una pequeña lista de pautas, que si bien están orientadas a las aulas de las escuelas Montessori, estoy segura de que tratando de aplicarlas en casa, favoreceremos de igual manera el desarrollo y la autoestima de nuestros peques, cosechando así también una relación de calidad además de amor 🙂

1) Nunca hables mal del niño. Ni en su presencia ni en su ausencia.

2) Concéntrate en favorecer el desarrollo de lo bueno que hay en el niño, de tal manera que sencillamente no quede lugar para lo malo.

3) Adecua un ambiente preparado y establece un orden. Se meticuloso y cuidadoso. Muéstrale al niño el uso adecuado del mismo.

4) Escucha y atiende siempre al niño que acude a ti. Responde siempre a sus preguntas o curiosidades.

5) Respeta al niño que ha cometido un error. Es probable que lo corrija por si mismo más adelante. Intervén y se firme sólo si está en peligro él, su desarrollo u otras personas.

6) Respeta al niño que toma un descanso, mira como otros trabajan o reflexiona sobre lo que hizo o hará. No lo llames ni obligues a hacer otra actividad.

7) Si un niño busca una actividad pero no la encuentra, ayúdale.

8) Consigue estar presente en silencio y de forma cuidadosa, de manera que el niño que te necesite pueda encontrarte pero pases desapercibido para el que ya ha encontrado lo que necesita.

9) Dirígete siempre al niño con respeto y de buenas maneras. Ofrécele siempre lo mejor que hay en ti.

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Montessori y los periodos sensibles

Tu peque ha descubierto como subir y bajar un escalón (o como abrir un cajón y sacar el contenido… o como encender y apagar la luz con un interruptor… o, en fin, cualquier actividad a su alcance en el día a día) y ahora se pasa el día intentándolo una y otra vez ¿Alguna vez te has preguntado por que últimamente esa actividad (la que sea) se ha convertido en su obsesión?

Es más que probable que la respuesta sea que se encuentra en un período sensible, también conocido como “ventana de oportunidad“, pero ¿qué significa esto exactamente?

Antes de hablar de estas etapas identificadas por Maria Montessori, conviene contextualizar: Para ella, el cerebro en la infancia (desde el nacimiento hasta los 6 años), es como una esponja que absorbe todo comportamiento, sentimiento y característica de su entorno adquiriendo así sus propias cualidades y personalidad que acompañará al pequeño durante su vida. Es lo que describió como “La mente absorbente“.

En este primer plano de desarrollo (la infancia) es donde a través de la observación Maria Montessori identificó ciertos períodos en que los niños, guiados por su naturaleza y con una pasión irresistible, seleccionan de su entorno, aquellas experiencias que les llevarán a adquirir una cierta habilidad o característica en un momento determinado de su desarrollo.

Dicho de otro modo: Es su manera más natural y espontánea de aprender. No solo eso, si no que además es también la forma más sencilla, ya que estos períodos se caracterizan por la facilidad de adquisición de habilidades.

Habilidades que, una vez pasada esta “ventana de oportunidad“, podrán adquirir con el tiempo pero nunca con la misma facilidad. Un claro ejemplo de esto es la capacidad para aprender idiomas que tienen los pequeños en comparación con la mayoría de los adultos.

Los periodos sensitivos son puntos sensibles que atraen a los niños a involucrarse intensamente en lo que les interesa; por ello necesitan trabajar a su propio ritmo, sin horarios, a través de la actividad, mediante la cual se construye su inteligencia, y necesitan la repetición continua” 

Maria Montessori 

Estos periodos sensibles son pasajeros y desaparecen pasado un tiempo, sin importar si la capacidad por la que mostraba interés en dicha etapa ha sido adquirida o no, de hecho uno de los motivos por los que un periodo sensible puede desaparecer es precisamente un ambiente pobre en estímulos relacionados.

Es por ello que en las escuelas Montessori tratan de aprovechar estas oportunidades que surgen de manera natural, otorgando al niño libertad para seleccionar de manera individual las actividades que en cada momento despiertan su interés.

¿Y en casa? En cuanto al ámbito familiar, la mejor manera de descubrir si tu peque está pasando por uno de esos períodos sensibles es tratar de intervenir en sus actividades lo menos posible, observarlo y una vez reconozcas lo que en esa etapa está trabajando (lo reconocerás) le facilites materiales y actividades para que pueda sacar el máximo provecho de esas fases pasajeras y tan altamente fructíferas.

A través de su trabajo, Maria Montessori identificó periodos sensibles relacionados con distintas áreas de aprendizaje y a través de la observación nos dejó una aproximación de las edades en que suelen darse. He reunido esta información en una infografía que te dejo a continuación para que de un solo vistazo puedas hacerte una idea.

No olvides, sin embargo, que cada peque tiene sus propios periodos sensibles por lo que, como reza una de las más famosas frases de la educadora Montessori: Sigue al niño 🙂

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